Una mañana cualquiera (o no tanto) en el Campus Central de la Universidad de Colima
A simple vista, el Campus Central de la Universidad de Colima despierta como cualquier otro día. El reloj apenas marca las siete y el sol se asoma entre las ramas de los árboles que dan sombra a los pasillos. El viento fresco de la mañana acompaña a los primeros en llegar: estudiantes con el café en mano, pasos apresurados, ojeras aún visibles; profesores que caminan con la frente arrugada y el portafolio firme bajo el brazo; trabajadores que abren puertas, encienden luces, barren pasillos.
Todo parece moverse con la precisión de una coreografía invisible. Sin embargo, basta con detenerse un momento y mirar con más atención para descubrir las pequeñas historias que suceden al margen del bullicio.
En esta crónica colectiva, estudiantes de la materia de “Taller de géneros periodísticos” de la Licenciatura en Comunicación capturan cinco escenas que retratan la vida universitaria en su estado más cotidiano, pero también más humano. Porque cada mañana, en el Campus Central, algo merece ser contado.
El conserje que baila
Por Erick Francisco Solorio Vega
Las mañanas en el campus son un torbellino de actividad: estudiantes apurados caminan hacia sus clases, profesores avanzan con el ceño fruncido, un café en una mano y el portafolio en la otra. Pero entre el bullicio, hay figuras esenciales a las que rara vez prestamos atención: los conserjes.
Desde el Centro Especializado de Idiomas (CEI) brotaba una melodía alegre, de esas que se escuchan en los mercados o en casa durante el quehacer matutino. En el aire flotaba el olor a limpiador multiusos de lavanda, mientras los rayos del sol se colaban por las ventanas, tiñendo el suelo de una cálida luz dorada.
Al ritmo de la bocina, un hombre de barba, gorra y cubrebocas sostenía el trapeador como si fuera su pareja de baile. Movía los pies con destreza, dejándose llevar por la música. Su energía irradiaba alegría, aunque la realidad era que estaba apurado: había faltado tres días por un viaje al IMSS de Guadalajara, y la limpieza se había acumulado.
Las sillas estaban arrinconadas, las puertas de los salones abiertas; aún faltaban horas para que comenzaran los talleres, así que no había prisa en su rostro. Solo satisfacción. Y algo tenía claro: aquella mañana estaba de buen ánimo. Su aliada, la música, lo acompañaría hasta dejar el CEI impecable.
Una ardilla que cae
Por Itzel Aramara Castro Delgado
El viento era fresco en la cima. Me encontraba en el árbol donde dormí anoche, uno verde, frondoso, inmenso. A lo lejos, las personas se movían apresuradas, dando largas zancadas. El tiempo era bueno para algunos y malo para otros.
No sabía si bajar. Podían verme algunos curiosos e intentar tocarme. Tenía todo calculado: correría a toda prisa hasta el siguiente árbol y descansaría allí, justo donde se posara el sol.
Pero una ráfaga fuerte me hizo perder el equilibrio. No pude sostenerme. En un instante, el viento me abrazó y caí al césped húmedo y frío. Un dolor agudo recorrió mi cuerpo, pero no había tiempo para detenerme. Corrí apresuradamente al siguiente árbol y logré subir.
Desde lo alto, observé el campus. Nadie pareció notar mi caída, excepto una chica que me había estado mirando. No parecía querer más que observar. Abajo, profesores, alumnos y trabajadores seguían su camino, sumidos en sus pensamientos, corriendo contra las manecillas del reloj.
Caer duele, pero quedarse abajo duele más.
Duelo entre zanates
Por Anamari Lorenzo Dávila
El reloj marca las 7:26 a. m. El sol apenas calienta, apenas sirve de iluminación. Un lindo día… al menos para los humanos, que siguen con su rutina. Mientras tanto, el reino animal despierta con energía.
Frente a la Facultad de Trabajo Social, entre los árboles, se cuentan historias intraducibles entre seres de pelaje terroso y plumas brillantes. La primavera los ha vuelto más sociables, más ruidosos. Todos parecen estar en su propia misión: conseguir comida, una pareja, un refugio.
Pero ¿qué pasa cuando dos picos se interponen en el camino del otro?
De entre hojas y ramas caen dos zanates erizados. Uno arremete contra el otro con su filoso pico, luchando por su territorio. El de abajo se retuerce, aletea sin éxito, víctima del más grande.
La naturaleza, como siempre, refleja el mundo real. La violencia es tan natural… Pero eso es lo que nos distingue de los animales: la conciencia. Aun cuando la vida es una competencia, tenemos la posibilidad de elegir cómo actuar.
El guardia que saluda
Por Naomi Mildreth Pamplona Olmos
Son las seis de la mañana. En la entrada al estacionamiento de la Universidad de Colima, Salvador Gutiérrez ajusta su gorra y da el primer saludo del día. “Buenos días”, dice con voz firme mientras revisa la credencial de un estudiante somnoliento y de un trabajador más dormido que despierto.
Lleva veintiséis años trabajando en seguridad dentro de la universidad. Aunque cada día parece rutinario, siempre hay algo nuevo que atender: el ingreso de personas externas, reportes de disturbios, algún detalle inesperado. Así pasa las horas, atento, hasta que llega el momento de regresar a casa.
Descansa, se repone… y vuelve al día siguiente. Con la misma gorra, el mismo saludo, y la esperanza de que algo interesante suceda.
Una cafetería donde confluimos
Por José de Jesús Ochoa Macías
Son las 8:45 a. m. El aire es fresco y Christian Martínez, de estatura promedio, cabello corto y cubrebocas siempre puesto, se mueve con energía tras el mostrador de la cafetería “Ciclo de Krebs”. Llegó, como todos los días, desde las 5:50.
Limpia la superficie donde dulces, galletas, frituras y alimentos esperan ser consumidos por los hambrientos estudiantes de distintas facultades. Las enchiladas suizas y los tacos de adobada son los favoritos.
Entre risas, Christian cuenta anécdotas:
—Hace rato una compañera gritó un pedido que ya estaba listo, pero se confundió y dijo “empanada de aderezo” en lugar de empanada de jamón —dice. También recuerda cuando los clientes, por costumbre, le responden “provecho” o “que te vaya bien” como si él fuera el cliente.
El servicio dura hasta las seis de la tarde, pero él se retira a la 1:30 p. m. para ir a su segundo empleo. A esas horas, ya no hay tanto movimiento.
Christian es parte del ritmo que mantiene a flote al campus. Su trabajo, como muchos otros, a menudo pasa desapercibido. Pero gracias a su esfuerzo, estudiantes, docentes y personal enfrentan con más ánimo el ajetreo universitario.
Crónica editada por Arnoldo DELGADILLO GRAJEDA
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