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La vida del cabo Gómez tras su paso por la Marina. 

fotos recuperada de archivo

La vida del cabo Gómez tras su paso por la Marina. 

Isaías Gómez es un hombre que lleva trabajando como soldador más de 20 años. Cuando empieza a hablar, se disipa el paso del tiempo entre la sal del mar y el diésel de los barcos en la marea. Su historia no comenzó por vocación, sino por un engaño fraterno y la urgencia de llevar comida a casa.

—Me fui con engaños —confiesa con una sonrisa—. Mis carnales me dijeron: «¡Cabrón, se ocupan personas en la Marina!».

Él no sabía qué hacían ahí, pero lo llevaron y lo dejaron. Cuando se percató, ya le estaban realizando los exámenes de rigor: análisis de sangre, de orina y revisiones para asegurar que no tuviera tatuajes. De pronto, escuchó la sentencia: «Eres apto, estás dentro».

Ese fue el momento en que dejó a su familia. Recuerda el dolor de sus padres cuando un mando militar les soltó una frase que aún le resuena: «Ahora ya es hijo de la patria; deja de ser hijo de ustedes». A partir de ahí, su vida se resumió en un fusil con el que tenía que dormir y una disciplina que no admitía una sola mancha en el uniforme blanco sin que costara un arresto.

La soledad en la isla

Su relato cobra fuerza cuando habla de “la Isla”. Para él, no era solo un punto en el mapa, sino un lugar de nubes que se encogían, volcanes que hacían hervir el agua del mar y tortugas del tamaño de un “Vocho”.

—A veces el mar estaba picado, como los pistones de un motor. He visto la película La tormenta perfecta y es verídico; solo el que vive dentro del barco sabe lo que es eso. Comíamos pollo congelado de hace dos años y hacíamos guardias en muellecitos donde aparecían marinos muertos.

Una de las anécdotas más crudas que relata es el rescate de unos náufragos de Mazatlán, coordinado con la Armada de Estados Unidos. Uno de los sobrevivientes traía el cadáver de su amigo en la lancha, cubriéndolo con sal para evitar la putrefacción.

—Le pregunté: «¿Por qué no lo tiraste al mar?». Y él me decía: «No, él me sacó de mi casa, ahora yo lo llevo a él». Platicaba con el muerto. Eso fue lo más impactante que me tocó ver.

El desfile y la desilusión

A pesar de las experiencias, hubo algo que terminó por quebrantar su voluntad: la burocracia del mando y la falta de compañerismo en los momentos críticos. Isaías recuerda los ensayos para los desfiles en la Ciudad de México; meses de esfuerzo extenuante bajo el sol donde la altura de la capital cobraba factura.

—Si se desmayaba un compañero desfilando, te decían: «Déjalo que se muera, sácalo y síguele». Yo me preguntaba dónde quedaba el compañerismo. Si el comandante de adelante se equivocaba en el paso y salíamos mal en la foto, nos castigaban a todos. Nos decían que éramos una vergüenza.

El retorno al oficio

El final de su carrera militar llegó por amor y por visión de futuro. Estaba por casarse y entendió que en la Marina uno no es dueño de su tiempo. Si un familiar moría durante un operativo, te enterabas por radio y te quedabas ahí, tragándote el luto.

—Yo quería tener un oficio. Pensaba: «Si me salgo de aquí ya viejo, solo voy a servir para velador, y ser velador es como seguir en la Marina». Yo quería ser albañil, fontanero, algo.

Salió de las filas siendo cabo, justo antes de su boda. En la institución le pidieron que se quedara; le ofrecieron incluso que sus compañeros marinos hicieran una valla de honor en su ceremonia, pero se negó.

Hoy, veinticinco años después, mira hacia atrás con una mezcla de nostalgia y alivio. Sus antiguos compañeros, aquellos que decidieron quedarse, ya no están; la violencia se los llevó a casi todos. Él, en cambio, cambió el uniforme por la careta de soldar.

—A la vez me arrepiento y a la vez no. Fue una vida muy bonita, llena de historias, pero hoy mi trabajo es mío. Me costó entenderlo, pero prefiero ser dueño de mi oficio que ser, para siempre, un hijo de la patria.

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