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Don Francisco Barajas: La memoria viva de lucha, tierra y limón del último ejido en Tecomán

Don Francisco Barajas: La memoria viva de lucha, tierra y limón del último ejido en Tecomán

Caminar hoy por las huertas de Tecomán junto a Don Francisco Barajas es, en realidad, recorrer las páginas de un libro de historia que sigue vivo en su memoria y en la tierra que pisa. Francisco, actual dueño de una de las parcelas del ejido, nos recibe con la calma de quien conoce los secretos del campo, pero con la firmeza de quien sabe que cada hectárea que posee fue ganada a pulso. “Esta historia comenzó en 1975”, nos explica mientras nos adentramos en el terreno, “pero el esfuerzo de mi padre y de los otros fundadores venía de mucho atrás”.

Francisco nos cuenta que estas tierras pertenecieron originalmente a Pascual Moreno, un hombre que en su tiempo fue una figura intocable en la política regional. Tras su muerte, el reparto agrario se volvió inevitable. Don Francisco recuerda cómo su padre le relataba que, poco a poco, al antiguo dueño le fueron retirando extensiones en distintas comunidades hasta que estas hectáreas representaron el último reparto posible en la zona. Incluso, nos comparte un detalle que revela la astucia de la época: antes de la expropiación total, Moreno distribuyó parte de su propiedad entre familiares y allegados para intentar salvar lo que pudiera, pero el destino de este predio ya estaba marcado: se convertiría en ejido.

Lo que más enfatiza Francisco es que nada de esto fue un regalo del gobierno. Con una mezcla de orgullo y nostalgia, nos detalla el calvario burocrático que vivieron: “Los grupos se organizaban, reunían dinero para viáticos y enviaban representantes a la capital del país para solicitar tierras”.  Fueron once años de gestiones agotadoras ante la Secretaría de la Reforma Agraria en la Ciudad de México. Francisco baja la voz al recordar la dureza de ese tiempo: “En ese tiempo, muchos desistieron, otros fallecieron y solo unos cuantos lograron ver concluido el trámite”.

Finalmente, durante el sexenio de Luis Echeverría, un ingeniero llegó desde la capital para formalizar la entrega. Fue un momento agridulce; aunque legalmente había 69 beneficiarios registrados, la pobreza era tanta que “apenas unas diez personas estuvieron presentes el día de la entrega, debido a la falta de recursos y comunicación”. Sin embargo, la ley se respetó y todos los inscritos, incluso quienes no habían podido dar sus cuotas por falta de dinero, recibieron su parte.

Nos adentramos con él en los recuerdos de los primeros meses, cuando la vida era comunitaria y ruda. Don Francisco nos describe cómo las familias, incluida la suya, tuvieron que vivir inicialmente en un viejo galerón de madera que había sido bodega del antiguo dueño.“Allí improvisaron cuartos provisionales durante aproximadamente un año”, nos dice, antes de que cada quien pudiera levantar su propia casa de palapa y lámina de cartón con chapopote.

A diferencia de otros ejidatarios que recibían tierras vírgenes, ellos tuvieron la suerte de heredar plantaciones de limón y coco ya establecidas. Francisco recuerda con brillo en los ojos la época en que Tecomán era llamada “la chequera del estado” por la inmensa riqueza que generaba el limón. “La producción era abundante: coco durante todo el año, limón constante y cosechas adicionales de ajonjolí”. Sin embargo, el trabajo colectivo no duró mucho debido a malos manejos de los dirigentes. Don Francisco nos relata que, tras una Navidad en la que no hubo pagos por falta de cuentas claras, decidieron dividir el ejido definitivamente: ocho hectáreas para cada uno.

Al llegar a la huerta, Francisco nos muestra las huellas del presente. Hace quince años, la plaga del “dragón amarillo” cambió las reglas del juego. Con tono reflexivo, nos explica la diferencia abismal en la cosecha: “Antes, un árbol grande podía dar hasta 30 rejas de limón; hoy, con buen cuidado, apenas alcanza unas pocas”. A esto se suma el cansancio de la

tierra por el uso de agroquímicos a través de las décadas.

Hoy, mientras muchos de los fundadores originales ya han partido o vendieron sus tierras, Francisco Barajas se mantiene firme. Para él, trabajar esta parcela es honrar una historia de “esfuerzo, organización y esperanza”. Nos despide recordándonos que este ejido no es solo un conjunto de árboles, sino el fruto de once años de insistencia y del anhelo de un grupo de familias que solo querían un lugar propio para trabajar y vivir

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